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Su Eminencia reverendísima Monseñor Rodolfo Cardenal Quezada Toruño - Arzobispo Emérito de Guatemala

Nació el 8 de marzo de 1932 en la ciudad de Guatemala, y fue bautizado en la Parroquia de El Sagrario con el nombre de “Rodolfo Ignacio de Jesús”. Recibió la savia de la fe cristiana en el seno de una familia católica. Sus padres fueron Don René Quezada Alejos y doña Clemencia Toruño Lizarralde de Quezada, quienes tuvieron tres hijos varones, Rodolfo, José Fernando y Gerardo. La presencia de sus padres, especialmente de su madre, quien aún vive, ha sido importantísima en su vida de sacerdote y obispo.

En todo sentido, Mons. Quezada es un auténtico guatemalteco; pasó su niñez en las proximidades del Hipódromo del Norte y con mucha gracia cuenta sus travesuras en lo que fuera el barrio de Jocotenango. Con orgullo y nostalgia recuerda sus años de estudio en el Colegio de San José de los Infantes, dirigido en ese entonces por los Hermanos Maristas. Los Hermanos supieron nutrir su fe y su vocación con una tierna devoción a la Madre de Dios. El testimonio sacerdotal de su tío materno, el Padre Jorge Toruño, así como el acompañamiento de varios santos sacerdotes, fue providencial para que encaminara sus pasos al Seminario Menor a la edad de 15 años. Sus primeros años de formación los pasó en la ciudad de Guatemala.

De la vocación del joven sacerdote, que pronto se vio bajo la encomienda de misiones que combinaban lo inmediato del pastoreo (Vicario Parroquial de El Sagrario, Rector de Beatas de Belén, Párroco de Capuchinas, Párroco Universitario, etc.), combinadas con el delicado discernimiento sobre los destinos de la iglesia al interno (Vicecanciller del Arzobispado, Asesor de la Acción Católica Universitaria, etc.), de dicha mezcla de oficios, se fue formando el servidor válido de la grey católica guatemalteca. Años de inicio, de los cuales puede decirse que fueron para “aprender la Iglesia y amarla por sobre todas las cosas”.

En efecto, en el camino de su formación sacerdotal, después de completar brillantemente sus estudios de filosofía en el Seminario San José de la Montaña en el Salvador y de teología en la Universidad de Innsbruck en Austria, el entonces Presbítero Rodolfo Quezada vivió la experiencia de la Iglesia en Roma de modo intenso e imborrable para su historia. Por iniciativa de quien fue también “pastor amado e insigne de la Arquidiócesis”, Mons. Mariano Rossell y Arellano, ya de joven seminarista y luego como joven sacerdote, el Cardenal Quezada supo poner lo mejor de sí mismo en una excelente preparación teológica y sobre todo canónica, la cual culminó con el Doctorado en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana de Roma. Quien escuchara hoy mismo a su Eminencia Cardenal Quezada hablar con tanto cariño de sus catedráticos y de las aulas de las Universidades que le prepararon, de su permanencia en los Institutos “San Luis de los Franceses” y “Santa María del Anima” de la piedad vivida en la escuela de San Ignacio y de Santa Teresa de Jesús, y en todo aquel “corazón de la Iglesia” que es la Ciudad Eterna, percibe esa capacidad de asombro ante el significado de la historia de la Iglesia, del mundo y del pensamiento que no pueden faltar a un discípulo de Cristo. Afanado él mismo en su preparación, volverá en el futuro a afanarse porque sus sacerdotes tengan acceso a ella, sabiendo que una vida de estudio unida a la piedad cotidiana y a la búsqueda de la santidad, es la vía segura para que no falten al pueblo de Dios pastores según el corazón del Señor.

A quien mucho ama, le será encomendado mucho más. A solicitud de Monseñor Mariano Rossell y Arellano, fundador del Colegio San Sebastián, fue coordinador de los Retiros Espirituales de dicho colegio; adicionalmente impartió los cursos de Apologética, Doctrina, Historias Sagradas y Moral, a los alumnos de la carrera de Magisterio en los años de 1960 y 1961.

Y así, luego de ser el primer rector del naciente Seminario Mayor Nacional de la Asunción en Guatemala, fue elegido en 1972 como Obispo Auxiliar de Zacapa, y pronto sucesivamente como Obispo coadjutor de dicha diócesis (1975), Obispo Residencial (1980) y Prelado de Esquipulas (1986). De este modo, por más de 29 años gozó el Oriente de Guatemala de un pastor entregado que supo unir su responsabilidad en esta Iglesia particular con diferentes cargos al interno de la Conferencia Episcopal de Guatemala (presidente de varias comisiones de apostolado seglar, educación y clero, Secretario General; Delegado de la Conferencia Episcopal a Puebla en 1979, etc.) Su actividad episcopal fue siempre clara, sistemática, de altura y dedicada de modo especial a construir el Presbiterio, invitando a todos y cada uno de los sacerdotes de varias generaciones a “poner cada uno al servicio de los demás, dones recibidos de la multiforme gracia de Dios” (1 Pe 4, 10). Valga recordar de este período –como una ilustración breve pero significativa de su piedad personal- que sus esfuerzos porque se profundizara la pastoral de la sagrada Liturgia, el culto y el cuidado de la imagen del Santo Cristo de Esquipulas en los años 1993-1995, se vieron premiados por el regalo indescriptiblemente bello de la segunda Visita del Papa Juan Pablo II a Guatemala para celebrar los 400 años del Cristo Negro en febrero de 1996. Su cuidado amoroso y adecuado de la Sagrada Liturgia y piedad popular marcará hasta el día de hoy su ministerio pastoral.

Pero el Señor tenía otra exigencia para su Obispo de Zacapa: la de favorecer la paz entre los guatemaltecos, en el período final del largo conflicto amado interno que ensangrentó el país durante treinta y seis años. Entre 1987 y 1993 fue presidente de la Comisión Nacional de Reconciliación, en el marco de su actividad como Presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala (1988-1992). Por su amplio conocimiento de la historia del país, sus dotes de reconciliador, su intenso trabajo a favor del proceso de paz y su credibilidad a toda prueba, en el “Acuerdo Básico para la búsqueda de la paz por medios políticos” de Oslo Noruega (del 26 al 30 de marzo de 1990), se le designa “Conciliador en el proceso de Paz” del país. Es en este período en el que se le distingue con varios premios, entre los cuales los más importantes son: el Premio “Derechos Humanos” en Chicago (1990), el Galardón “Derechos de Guatemala Flash”, el Premio de la Cámara Guatemalteca de Periodismo, el Premio “Constructores de la Democracia” frente a la emergencia nacional; el Premio “Oscar Romero” (1991).

Por Acuerdo Gubernativo se le declara en 1993 “Conciliador Vitalicio” y, con ocasión del “Acuerdo Marco” de México (10 de enero de 1994), el Gobierno de Guatemala y la Comandancia de la U.R.N.G. solicitan a la Conferencia Episcopal se le nombre Presidente de la Asamblea de la Sociedad Civil, siendo autorizado presidir las discusiones de la temática sustantiva de los documentos de consenso que dieron lugar finalmente a los Acuerdos de Paz.

Toda esta actividad de reconciliador nacional supuso numerosísimos viajes (aproximadamente 65) al exterior del país, durante los cuales compartió con otros connotados miembros de la Comisión de Reconciliación Nacional, entre los cuales contaba con el querido y recordado Mons. Juan Gerardi, obispo auxiliar de Guatemala, asesinado en 1996, y con otra fiel buscadora de la paz, doña Teresa Vda. de Zarco. Durante su Presidencia en la Conferencia Episcopal se publicaron una serie de documentos y cartas pastorales, haciéndose voz de los que sufren, defendiendo los derechos de los pobres y llamarlos a una convivencia pacífica (tal es el caso del connotadísimo mensaje “El Clamor por la tierra” así como otros muchos). En 1998 la Universidad de San Carlos de Guatemala le concedió el Doctorado “Honoris Causa”.

Todos estos trabajos llevados adelante con gran confianza y fidelidad, con humildad y obediencia a la Jerarquía de la Iglesia y en una profunda comunión con el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, muestran el talante profundamente espiritual de quien fue elegido el 19 de junio del 2001 para ser del Décimo Octavo Arzobispo de Guatemala. Este encargo supuso un nuevo acto de obediencia al Santo Padre, como suele su Eminencia Cardenal Quezada definir: “en el atardecer de la vida”. Tomó posesión de la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala el 25 de julio de 2001. Dos años después, fue creado Cardenal Presbítero del título de San Saturnino Mártir el 21 de octubre de 2003, recibiendo el capello Cardenalicio de manos del mismo Papa Juan Pablo II en una ceremonia inolvidable.

El inicio de su ministerio pastoral en la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala ha tenido un gran impacto en la Iglesia particular, en la cual en poco tiempo ha recorrido varias veces la mayoría de sus parroquias. El énfasis de su ministerio pastoral al frente de esta macro arquidiócesis está puesto en la formación y disciplina de su clero y en un manifiesto amor y solicitud por los más pobres y marginados.

Abundantes han sido las bendiciones recibidas en la Arquidiócesis desde la llegada de su Eminencia Cardenal Quezada, pero posiblemente la más importante ha sido el doble y excelente acontecimiento de la Tercera Visita Pastoral del Papa Pablo II y la Canonización del Santo Hermano Pedro de Betancur, suceso que desbordó las expectativas y que fue calificado por los guatemaltecos como el acontecimiento más importante en la historia de Guatemala desde el descubrimiento de América. Pero junto a este suceso, hay que subrayar la no menos importante labor de evangelización y catequesis emprendida en primera persona por el actual Arzobispo de Guatemala. Durante cuatro años ocupó el puesto de Presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala (2002-2006). Su designación como Cardenal fue un motivo de júbilo para la Iglesia y para todo el pueblo de Guatemala, que ven en él a uno de sus mejores hijos, por lo que, con tanto cariño como se le tiene, se le designa desde ya como “el Cardenal de la paz de Guatemala”. Participó en las solemnes celebraciones fúnebres con ocasión del reciente fallecimiento del Papa Juan Pablo II, así como en el cónclave para elegir al nuevo Papa en la persona del Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, felizmente reinante.

El 2 de octubre de 2010, el Papa Benedicto XVI le aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la Arquidiócesis de Guatemala, que en su momento presentó el Cardenal Quezada en conformidad al cc. 401. Además, para sucederlo el mismo Papa nombró a Mons. Oscar Julio Vian Morales, SDB, hasta ese momento Arzobispo de Los Altos Quetzaltenango – Totonicapán, como nuevo arzobispo metropolitano de Guatemala. El nuevo arzobispo tomó posesión el 4 de diciembre de 2010 en la Catedral Metropolitana.

Regresa a la casa de Padre el 4 de junio de 2012, tras complicaciones en un procedimiento quirurgico.